Nos zambullimos en la piscina y ¡zas!, nos convertimos en otra cosa. Entramos en el agua enredados en pensamientos, tonterías y dilemas, y al sumergirnos alcanzamos un estado de suspensión, como si empezáramos a vivir una aventura en un mundo diferente. Tras un buen rato de chapoteo, de hacer el muerto o nadar, salimos transformados, como en otra película, resplandeciendo al sol, sintiéndonos ridículamente libres y salvajes.
Cuando llega el verano, las piscinas públicas se convierten en uno de esos lugares democráticos —un poco como la biblioteca o el bar—, un espacio a cielo abierto que acoge por igual a jovenzuelos atribulados, a señoras de la cuarta edad, a chiquillos y a adultos aburridos y felices de serlo. “Las piscinas están llenas de sensualidad”, reflexiona Anabel Vázquez, autora de *Piscinosofía *(Libros del KO, 2023). “Normalmente vamos cuando tenemos horas por delante, y nos sentimos relajados, en contacto con nuestro yo más verdadero. Hay una sensación de comunión con el entorno, sentimos que el mundo está a favor, también en el sentido carnal. Y es un sentimiento común en cualquier piscina, sea pequeña, grande, humilde o de lujo”.
Vázquez, que se define como “periodista acuática”, destaca de la piscina su condición de puro artificio. “Es agua domesticada, en su estado menos épico, lo que demuestra el afán tan humano por intentar controlar lo incontrolable. En las piscinas hay algo de poder frente a la naturaleza —aunque suene naíf— porque el alma del agua es escaparse, encontrar su camino. Es algo más recogido y cotidiano, no como el mar, que es ingobernable, rotundo, avasallador”.
La piscina es un espacio de tiempo y alegría, hecho de olor a cloro, de retazos de canciones —por ejemplo, Giggle Water, de los enmascarados The Straitjackets—, de espuma de cerveza, de bañadores grandes y biquinis minúsculos, de cuerpos observados y ojos que se miran, de móvil en pantalla oscura y crema aftersun. Es un lugar de convivencia anónima que te hace recordar una frase del antropólogo Richard Wrangham referida a la humanidad: “Lo verdaderamente extraño es que somos la única especie que puede sentirse relajada en compañía de completos desconocidos”.
La piscina pública es una vivencia común, un lugar que invita a no centrarse cada uno en sus propios intereses. En *La España de las piscinas *(Arpa, 2021), Jorge Dioni Vázquez explica que en nuestro país hay 1,3 millones de piscinas, una por cada 37 habitantes, pero solo el 10% son de uso público (en esta categoría entran, además de las municipales, las comunitarias de vecinos, las de hoteles, resorts, centros deportivos, centros de *spa *y wellness, *campings *o parques acuáticos).
En una pirueta metaliteraria, Dioni argumenta que, en España, Ned Merrill —el protagonista del célebre relato El nadador, de John Cheever— podría rodear Madrid surcando las aguas, de piscina en piscina, por Pozuelo, Boadilla, Villaviciosa, Arroyomolinos y Moraleja de Enmedio. Merrill es un hombre que presuntamente ha triunfado en la vida, y en una tarde de domingo en la que ha bebido muchas copas de más decide regresar a su urbanización de las afueras de Nueva York a través de las piscinas de sus vecinos. Animado por la ingesta de ginebra, se siente “un peregrino, un explorador, un hombre con un destino”, aunque sus vecinos acaban riéndose de él. En la realidad, para el novelista estadounidense nadar era la cúspide del día, su corazón.
La tesis de Dioni —que se define a sí mismo como pauer, porque vive en uno de esos barrios edificados como complejos residenciales cerrados, desarrollados por las PAU (Programa de Actuación Urbanística)—, es que las urbanizaciones con piscina que pueblan el paisaje urbano español se basan “en un modelo de comodidad interior (piscina, jardín, pistas deportivas, columpios) y hostilidad exterior”. Es el modelo de la ciudad dispersa, que crea un estilo de vida individualista y competitivo, que favorece las soluciones particulares, el aislamiento y el repliegue.
En su maravilloso libro* El nadador como héroe* (Siruela), el ensayista británico Charles Sprawson detalla la querencia por el chapuzón y el arte de nadar —en piscinas, pero también en albercas, pozas, lagos, ríos y mares— de una cohorte de poetas: Shelley, obsesionado con el agua, murió ahogado; para Paul Valéry, la natación era una forma de poesía corporal; Lord Byron —catalogado en su tiempo como “celebrado genio acuático”—, se vanagloriaba más de sus correrías por el agua que de sus poemas, y Walt Whitman, que de joven detestaba bañarse, en cuanto aprendió a nadar celebró el cuerpo eléctrico del nadador.
Sprawson explica también que escritores como Thomas De Quincey o George Borrow buscaban “la compañía de aquellos que se encontraban en la periferia de la sociedad humana”, como boxeadores, cazadores de serpientes, criminales y… nadadores. También detalla que para Flaubert nadar era una “fornication avec l’onde”, que Jack London aseguró que prefería “ganar una carrera en una piscina que escribir la gran novela americana”, que Francis Scott Fitzgerald hallaba en las piscinas una suerte de refugio, que a Zelda Fitzgerald solo le importaban los chicos y la natación, y que Carson McCullers solía quedar con Tennessee Williams para dar unas brazadas juntos.
No sabemos si las piscinas públicas acabarán siendo una cosa del pasado, pero el sociólogo Eric Klinenberg explica en Los palacios del pueblo (Capitán Swing) que una piscina pública es un signo de salud democrática, donde las barreras sociales se diluyen. “Pueden ser lugares de encuentro ideales, sobre todo si son de acceso público, acogedoras y están bien cuidadas, de modo que todo el mundo se sienta seguro y a gusto”, detalla en conversación por chat. Y advierte: “En Estados Unidos, la segregación hace que las personas de los barrios residenciales acomodados tengan mejor acceso a buenas piscinas que las de las ciudades, especialmente las de los barrios desfavorecidos. Como consecuencia, un mayor número de personas negras y latinas no aprende a nadar, lo que supone un verdadero problema de salud pública, además de una cuestión de equidad”. También recuerda que, históricamente, las piscinas han sido escenarios de conflicto racial, con comunidades blancas que se esforzaban por mantener a las personas negras fuera de sus piscinas locales, “e incluso las cerraban una vez que los tribunales les obligaban a integrarlas”.
Un espacio de protección (y desaparición)
En la piscina estamos en otro elemento, nos sentimos distintos. Será el sonido del agua, será la frescura, serán los colores —del azul turquesa al verde fosforito, del negro nocturno, casi terrorífico, al tono sangre de alguna excéntrica red pool—, o el reflejo del cielo. Sea como sea, dentro de una piscina vivimos una condición de desaparecidos, de delicioso exilio, también de nosotros mismos, olvidándonos por un instante de “la opresión de una tierra negra apelmazada de gente”, decía la nadadora australiana Annette Kellerman, fallecida en 1975.
En momentos así sentimos el agua como un escudo, un agente doble capaz de proporcionar protección y relajación a la vez, una paradoja líquida hecha de resistencia y trabajo sumergido, invisible a nuestros ojos: es 800 veces más densa que el aire, lo que nos obliga a ejercitar todos los músculos del cuerpo, y el simple acto de respirar en posición horizontal nos hace desconectar de inquietudes terrenales, sumiéndonos en algo no tan alejado a la meditación.
El acto de nadar puede ser ensimismado, pero el alcance de sus ondas contiene multitudes de toda época y condición. El filósofo Ludwig Wittgenstein comparó el acto de nadar con el de pensar, afirmando que “al igual que el cuerpo tiene una tendencia hacia la superficie y es preciso hacer un esfuerzo para llegar hasta el fondo, así pasa con el pensamiento”; J. W. Goethe nadaba en el río de Weimar cada día del año, e Iris Murdoch se consideraba una nadadora “devota” a la que le encantaba “deslizarse silenciosamente entre los juncos como una rata de agua”.
Quizás porque vivimos en un mundo tan artificial, la piscina está recobrando un nuevo protagonismo. En la novela* Love Me Tender,* de Constance Debré (Alpha Decay, 2024), la protagonista es una madre separada, una lesbiana que se siente castigada socialmente por ello, que espera que la dejen visitar a su hijo y solo siente consuelo nadando. En el libro, adaptado al cine el año pasado por Anna Cazenave Cambet, la protagonista encuentra en la natación un método para ahogar su sufrimiento, y enumera piscinas municipales de París que la ayudan a calmar su dolor: “Taris, Pontoise, Saint Germain, Les Halles, la Butte-aux-Cailles, Joséphine Baker, voy variando. La cabeza en el agua. Cuarenta minutos. Dos kilómetros de crol. Es mi contrato conmigo misma. Mi único compromiso. Una cuestión de vida o muerte. El día que lo deje, me hundo”. Y en* La cronología del agua* (Cicely, 2021), transformada en película en 2025 por Kristen Stewart, la escritora y exnadadora Lidia Yuknavitch detalla los abusos sufridos por su padre, las adicciones y locuras a las que sometió a su cuerpo y a su mente hasta descubrir la literatura, y entender que “en el agua, como en los libros, puedes abandonarte”.
También hay ocasiones en las que no hace falta darle muchas vueltas al asunto, y darse un buen baño significa solo eso: un magnífico chapuzón. En El nadador de Paestum (Crítica, 2022), el arqueólogo Tonio Hölscher introduce la idea de que la famosa pintura al fresco griega conocida como *Tumba de nadador, *descubierta en Paestum (Italia) en 1918 e interpretada como una metáfora del tránsito hacia la muerte es, en realidad, una simple representación de un bello joven saltando al agua. Sin más.
Paraíso elemental
Sea como sea, frente al agua, una verdad resplandece: la piscina es un paraíso elemental, una estupenda y viejísima idea. La primera gran piscina urbana de la que se tiene noticia es la de Mohenjo-Daro, en el valle del Indo, en el actual Pakistán, a la que se le calculan más de 2.600 años. Este tesoro arqueológico de 12 metros de longitud, 7 metros de ancho y algo más de 2 metros de profundidad, hecho de paredes de ladrillo, con escaleras para acceder a ella y vestuarios alrededor, tenía un sofisticado sistema de drenaje que proporcionaba un flujo constante de agua fresca y limpia. Entre arqueólogos no hay acuerdo si su uso era de tipo ritual, religioso o de higiene, pero sospechamos que, fuera cual fuera la razón oficial de su construcción, el placer —oculto o no— de pasar un rato en un lugar así caía por su propio peso.
Lo cierto es que más allá de remojarse o chapotear, uno de los grandes deleites de la piscina es nadar de norte a sur, o de este a oeste, una y otra vez, hasta olvidarte de tu propia sombra. “Mientras nadas, te liberas de todas las excrecencias de la llamada civilización, entre las que se incluye la incapacidad de ser feliz en cualquier circunstancia”, escribió Anaïs Nin.
Nadando te sientes como un pez en el agua, un ser anónimo rendido al *flow *de cada brazada. “Nadar disminuye el dolor y aumenta la sensación de placer”, explica al teléfono José A. Morales, profesor e investigador de Neurociencia de la Universidad Complutense de Madrid. Morales, nadador él mismo, detalla que en el medio líquido no hay impacto mecánico, se hace mucho ejercicio cardiovascular, se potencian las conexiones cerebrales para coordinar los distintos movimientos del cuerpo (cabeza, brazos, piernas), aumentan las endorfinas y, con ellas, una espectacular sensación de bienestar. En el agua, sin estímulos exteriores, sin ruidos —no hay ningún coche que te pase al lado, no hay distracción con la gente— te aíslas, lo que facilita el recogimiento y una saludable sensación de abandono.
“La verdad es que en la piscina yo voy a bañarme”, confiesa Anabel Vázquez. “El nadar es una cosa más sacrificada, más metódica, para mí está antes la piscina que el ejercicio en sí”. Es cierto que, en su vertiente más seria, la natación emana una férrea disciplina, una idea de orden y esfuerzo, hasta el punto de que alguien, humorísticamente, catalogó una vez el ejercicio de “protofascista”. Da igual lo que piensen los demás. Los que nadan suelen adorar la actividad. La periodista y ensayista estadounidense Bonnie Tsui, autora de *Por qué nadamos *(GeoPlaneta, 2021), aún recuerda un verano en Jones Beach, cuando era muy pequeña, en el que veía a su padre “nadar más allá de la rompiente y quería ser invencible como él”, explica por e-mail. Tras muchos años de nadar, en la actualidad lo que más disfruta Tsui es la experiencia sensorial. “Me sumerjo en el agua y entro en otro mundo: aquí el medio es fluido, y mis movimientos y pensamientos le siguen con total naturalidad”.