Ahora que Rosalía se ha pasado a la mística y el “filósofo del 15-M” Ernesto Castro se ha convertido al cristianismo, no es de extrañar que también la ciencia se deje seducir por Dios. Científicos de todo el mundo se animan a investigar temas como el cielo, la reencarnación o la inmortalidad del alma. Frente a ellos, una mayoritaria parte de la comunidad científica se muestra escéptica e incluso duda de que el método científico sirva para abordar estas cuestiones.
Esta rama de científicos triunfa en internet y en las librerías. Para llegar a la conclusión de que existe un espíritu, un cielo o una divinidad se basan en observaciones de distintos fenómenos. Algunos tan primordiales como el extraordinario salto de la materia inerte a los seres vivos, que los ingenieros Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies emplean para defender la existencia de una inteligencia creadora en su ensayo *Dios. La ciencia. Las pruebas *(Funambulista, 2023), que ha vendido más de 250.000 ejemplares en Francia. Y otros más anómalos o menos estudiados, como los niños que recuerdan vidas pasadas o las llamadas experiencias cercanas a la muerte (ECM): episodios intensos que algunas personas relatan tras superar una situación de muerte, como salir del propio cuerpo, atravesar un túnel o ver una luz intensa.
El estudio de estos fenómenos no es nuevo. Las ECM se investigan desde los años setenta, a partir de los trabajos del psiquiatra Raymond Moody, y hace décadas que el también psiquiatra Ian Stevenson documentó supuestos recuerdos de vidas pasadas que apuntalarían la reencarnación. Ahora vivimos un boom, seguramente ligado a un repunte general de la espiritualidad, que ha multiplicado las obras sobre estos temas y vuelve virales a sus autores cada vez que pasan por un podcast. No todos son outsiders: entre sus valedores hay investigadores de primera fila, como el cardiólogo Valentín Fuster, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, que prologa Ego y supraconciencia (Planeta, 2025), del cirujano Manuel Sans Segarra, con una destacada trayectoria en el Hospital Universitario de Bellvitge. O Robert W. Wilson, Nobel de Física por descubrir la radiación de fondo que confirmó el Big Bang, que firma el prólogo del libro de Bolloré y Bonnassies.
Uno de los precursores de esta última eclosión fue La prueba del cielo (2012), del neurocirujano estadounidense Eben Alexander, que ejerció 15 años en la Facultad de Medicina de Harvard. En noviembre de 2008, una meningitis bacteriana lo mantuvo una semana en coma; al despertar, relató lo que interpreta como un viaje real al más allá. Su testimonio reúne los rasgos que describen muchos pacientes: una experiencia extracorporal —salir del cuerpo y elevarse—, el encuentro con seres de luz o familiares fallecidos y una revisión instantánea pero minuciosa de la propia vida, todo envuelto en una lucidez, una paz y un amor de intensidad sin parangón.
Para Alexander, esta experiencia no puede ser una alucinación como la que inducen ciertas sustancias psicoactivas: sostiene que una vivencia de esa intensidad difícilmente podría generarse con áreas clave del cerebro inoperativas, como estaba el suyo durante el coma. Y añade que, a su juicio, hay diferencias claras entre una ECM —estructurada, persistente en la memoria y con efectos duraderos— y una alucinación, caótica y fragmentaria, que apenas deja rastro. “La vida después de la muerte ha sido probada más allá de toda duda desde una perspectiva científica. Lo que ocurre es que algunas personas no están lo suficientemente interesadas como para informarse”, sostiene el científico por videollamada.
Sin embargo, otros trabajos han cuestionado la interpretación de este fenómeno como prueba de una realidad trascendente. Uno de ellos es el estudio liderado por la neurocientífica Charlotte Martial, investigadora de la Universidad de Lieja, publicado el año pasado en Nature Reviews Neurology. En él, los autores proponen un modelo que integra décadas de investigación y explica las ECM como el resultado de una cascada de procesos neurobiológicos en un cerebro sometido a estrés extremo. Factores como la falta de oxígeno, el aumento de dióxido de carbono y las alteraciones en la actividad eléctrica cerebral desencadenan una hiperactividad neuronal y una liberación masiva de neurotransmisores capaces de generar experiencias intensas, coherentes y emocionalmente profundas.
Más allá de este experimento, uno de los problemas para estudiar las ECM, y otros fenómenos trascendentes, es que ocurren en una dimensión inmaterial, fuera del espacio y del tiempo. Eso las sitúa fuera del alcance de las herramientas de la ciencia. El método científico se basa en fenómenos que pueden observarse, medirse y reproducirse. “Podríamos demostrar que esas personas han visto algo, no que ese algo estuviera ahí de verdad”, explica por teléfono el filósofo Carlos Blanco, autor de Conciencia y mismidad (Dykinson, 2013). Que algo no se pueda observar, matiza, no implica que no exista: “Una cosa es el orden del ser y otra el del conocer”.
Parte de la ciencia se basa en inferir causas no observables a partir de mediciones indirectas. Ocurre, por ejemplo, con los electrones, que no vemos directamente, sino a través de sus efectos, o con los agujeros negros, cuya existencia se deduce por cómo afectan a la materia y la luz a su alrededor. Pero hay una diferencia fundamental, explica el filósofo de la ciencia Óscar Teixidó: los electrones o los agujeros negros no se observan directamente, pero dejan huellas medibles y consistentes en la materia. En cambio, una conciencia fuera del espacio-tiempo no deja rastro alguno. “Ya no solo es que sea inobservable, sino que además está en otro plano de existencia”, afirma.
Blanco afirma que algunas de las supuestas pruebas científicas de la existencia de Dios son un regreso a viejos argumentos filosóficos. El razonamiento parte de un efecto observable —que el universo tiene leyes, orden, unas constantes tan ajustadas que parecen preparadas para acoger la vida— y retrocede desde él hasta una causa, Dios, como hizo Tomás de Aquino. Pero del efecto, argumenta Blanco, no se puede deducir la causa: se incurre en lo que en lógica se llama falacia de afirmación del consecuente.
Un mismo efecto admite explicaciones distintas, y nada en la mera observación permite decidir cuál es la verdadera. “Todo podría ser fruto del azar, o de que el universo sea simplemente así, eterno, o de que existan otros universos, multiversos. Dios es una causa posible, por supuesto, pero hay otras. ¿Cómo decides cuál es la correcta si no hay observaciones ni experimentos?”, plantea.
Otra de las grandes críticas es la del rigor experimental y la necesidad de aplicar estándares metodológicos suficientemente exigentes. Según Teixidó, en los últimos años se ha producido un “retroceso intelectual” que ha hecho olvidar principios básicos ya asentados: evitar sesgos, desconfiar de la evidencia anecdótica y no dejarse arrastrar por creencias previas: “El problema es que no se están aplicando filtros de rigor realmente exhaustivos. Cuando uno es exigente, muchas de estas investigaciones se reducen a tres cosas: confusiones inocentes, errores deliberados o simples mitos. Es humo”.
En el otro lado, Álex Gómez-Marín, investigador sénior del Instituto de Neurociencias y científico titular del CSIC, que ha contado la ECM que vivió en su libro *La ciencia del último umbral *(Temas de Hoy, 2025), sostiene que quienes cuestionan su falta de rigor experimental, en realidad, no están informados. “Este tipo de expertos siempre dicen, en nombre de la ciencia, que saben que no, cuando en realidad no saben. Y eso ha puesto muchas trabas en la investigación y ha hecho sentir tonta, loca y sola a mucha gente que experimenta estos fenómenos. Eso es poco científico y poco ético”.
Ante esta disputa, vale la pena recordar el prólogo que Albert Einstein escribió en 1930 para *Mental Radio, *un libro del escritor Upton Sinclair dedicado nada menos que a la telepatía. El padre de la relatividad no daba por buenos los experimentos de Sinclair; al contrario, los consideraba más allá de lo que un investigador de la naturaleza juzga pensable. Pero tampoco los descartaba: tenía a Sinclair por un observador escrupuloso, cuya “buena fe y fiabilidad no pueden ponerse en duda”, y razonaba que, si aquellos resultados no se debían a la telepatía, sino a algún influjo inconsciente de una mente sobre otra, el fenómeno seguiría siendo de gran interés psicológico. Ni credulidad ni rechazo: curiosidad y rigor.