Hablemos de mí. Tal parece ser la premisa transversal sobre la que se sostiene gran parte de nuestra producción cultural. Tras diagnosticarse en vano la muerte del autor —qué mal envejecen algunos fetiches de los sesenta y los setenta—, el narcisismo de nuestra época ha cristalizado en creadores obsesivamente concentrados en hablarnos de sí mismos. O de sí mismas. La biografía tiene, por supuesto, algún valor. Cosa distinta es que la carne propia se haya convertido en el sujeto, el objeto y hasta el trasfondo de todo lo que se cuenta.
La autoficción fue una expresión sublimada del fenómeno. Cada vez con menos disimulo, uno se topa con textos en los que la forma en que Pablito superó sus anginas o lo mal que lo pasó la tía Chon sacándose las oposiciones se plantean como categorías universales. Es verdad que de lo particular se llega a lo general, pero la obsesión por la primera persona, por el perímetro de la intimidad y por considerar que la autobiografía puede proyectarse como un canon desde el que medir todo cuanto ocurre constituye, además de un riesgo literario, un extraño signo de vanidad.
Esa fijación por lo propio se expresa tanto en la manera en que compartimos una ecografía en redes sociales como en los patrones que rigen buena parte de nuestra creación literaria. El ensimismamiento de quienes escribimos nos ha llevado, incluso, a traspasar la barrera de la ficción para construir ensayos o textos filosóficos basados exclusivamente en lo que nos ha pasado. Para combatir el individualismo, nada mejor que hablar de uno.
Sócrates, o al menos el Sócrates que se inventó Platón, nos enseñó que la filosofía acontecía en el momento en que dejábamos de discutir sobre lo que a cada uno le parece bueno, bello o justo, para emprender la búsqueda del bien, la belleza o la justicia en sí. Esa intuición, con todos los matices que queramos, construyó una manera de interrogar el mundo capaz de generar formas de conocimiento abstractas y generales, como las que hoy inspiran nuestras leyes o sostienen nuestros paradigmas científicos.
El contacto con la historia propia y con nuestra circunstancia es, sin duda, una clave que pauta no solo cómo hablamos, sino desde dónde hablamos. Pero convertir el lugar de enunciación en una monomanía, o suponer que nuestros traumas y cicatrices pueden explicar el mundo, es una prueba más de cómo la ignorancia y la soberbia suelen aliarse. Ricardo Strafacce, malvado él, lo resolvió con una sola frase: “Si no sos Proust, no me cuentes tu merienda”.